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viernes, 11 de marzo de 2016

Chung Ling Soo El misterio del hombre amarillo


El misterio
del hombre amarillo 

por Fulton Oursler

   El veredicto del juez del crimen fue «muerte accidental», y Scotland Yard, después de las correspondientes investigaciones, declaró el caso cerrado. Pero la muerte de Chung Ling Soo, famoso prestidigitador oriental, ocurrida en 1918, no fue un accidente.

    La extraña historia principió en Nueva York a fines del siglo XIX, cuando un prestidigitador profesional llamado Will Robinson se encontró sin trabajo. 

    No era que a Robinson le faltara destreza. Durante años había viajado con circos ambulantes y compañías de la legua exhibiendo a diario sus actos de ilusión y sus juegos de manos, siempre con el dorado sueño de llegar un día a ser astro de primera magnitud en el cielo de la prestidigitación. Lo que ocurría era que carecía de personalidad teatral. No mostraba esa brillantez que entusiasma al público, ni siquiera cuando extraía monedas del aire, o cuando con el mero auxilio de las manos hacía desaparecer una paloma. Cierto crítico cruel dijo una vez que Robinson habría hecho parecer insignificante y tediosa la misma resurrección de Lázaro.

    No hay objeto en seguir soñando  dijo al fin a su mujer, una sagaz y menuda actriz, llamada Dot, que tomaba parte en sus exhibiciones—. Conseguiré trabajo como mozo de cuadra... Tenemos que comer.

    ¡No digas eso! le contestó Dot exaltada. ¡Nunca pierdas la fe en ti mismo! ¡Tú vales mucho y algún día te llegará la oportunidad!

    Una tarde acertó Robinson a ver en el cartel de una compañía de juglares chinos que el astro de ella ofrecía una recompensa de mil dólares a quien lograra duplicar cualquiera de sus juegos de manos. 

    Quizás podamos dijo Robinson a Ike Rose, su agente teatral— ganarnos esos mil dólares.

    Con la cara pintada de amarillo y vistiendo a la usanza china, Robinson se mezcló a la concurrencia del teatro Union Square de Nueva York, listo para aceptar el desafío. A la vista del intruso, el brujo chino empezó a protestar desapaciblemente: «La oferta chilló— era solo para los ciudadanos de los Estados Unidos». Y por orden suya Robinson fue arrojado del teatro.

    El tal prestidigitador corrió a decir a su agente— creyó que yo era chino. ¡Eso me da una idea tremenda!

    De uno u otro modo contagió al otro de su entusiasmo, y Rose, que poseía una chispa de genio directivo, empezó a instruir a su cliente en el espíritu festivo y el pintoresco misterio de los actores orientales.

    Y así, en mayo de 1900, un hombre de ojos rutilantes, larga trenza y quimono de amplios vuelos se alojó en un elegante hotel de Londres bajo el nombre del ilustre Chung Ling Soo. Le acompañaban un grupo de saltimbanquis y volatineros y una joven menudita de ojos oblicuos llamada Suee Seen, pero cuyo verdadero nombre era Dot Robinson. 
Cartel publicitario: “Chung Ling Soo y sus diez asistentes”.
        Los periodistas que fueron a entrevistarle hallaron a Chung acuclillado en un nido de cojines de seda, bajo linternas de piel de pescado que colgaban de multicolores pértigas de bambú. Después de saludar a los visitantes con una lenta reverencia, prorrumpió en grandilocuente jerigonza que, según explicó con gran solemnidad el intérprete oficial, era la opinión del maestro sobre la rebelión de los boxers y el problema del opio. Los periodistas fueron obsequiados con fragante coñac Che Kiang, huevos añejos de ánade, ostras desecadas al sol y raíces de lirio.

    En la noche del estreno, el histórico teatro Alhambra estaba lleno de bote en bote. Entre bastidores, Ike Rose temblaba de ansiedad al levantarse el telón. Si Robinson no salía victorioso los dos iban a quedar aplastados bajo un alud de deudas.

    Con paso arrogante avanzó entonces hacia el centro del escenario una nueva personalidad: un hombre pintoresco, audaz y festivo, lleno todo de atractivo misterio. El público embelesado vio surgir de la nada un espléndido jardín al toque de sus leves manos amarillas. Y tras ese, otros varios prodigios. Pero cuando más aplausos arrancó fue cuando después de haber convertido unos pedacitos de cartón en el capullo de un gusano de seda, empezó a sacer de allí tiras y tiras de papel encarnado hasta formar una enorme bola que lanzó al aire. La bola estalló en una lluvia de confeti, y entonces, de entre todo aquel abigarrado torbellino, surgió la breve figura de Suce Seen que descendió como una leve mariposa hasta posarse en los brazos del mago.

    Al caer el telón nació a la gloria el más admirable prestidigitador de la época. Chung Ling Soo se convirtió en el ídolo del público. El insípido Will Robinson había dejado de existir.

    El impostor se consagró entonces a conservar su nueva identidad. Recorría a diario las calles con sus ropas y maquillaje de chino; exhibía su cuerpo amarillo en la playa de Brighton; mantenía contraídos los músculos faciales para dar la impresión de los pómulos salientes; aun para conversar con Dot daba a su voz entonaciones cantonesas aprendidas en el barrio chino.

    Pero no hay nada perfecto que dure mucho en este mundo. Después de una provechosa gira por los Estados Unidos estaba viviendo tranquilamente en Shanghai el prestidigitador chino de más de dos metros de estatura que había hecho sacar a Robinson del teatro Union Square: el rico Ching Ling Foo, a quien Chung Ling Soo había imitado hasta en el mismo nombre. El ocio de su voluntario retiro empezaba a ser fastidioso para el inquieto Ching. Quizá le conviniera hacer otra gira. ¿Por qué no Londres, donde nunca había estado?

    El oriental auténtico ignoraba la existencia del impostor estadounidense, pero al llegar a Londres halló el detestable nombre en carteles que aparecían donde quiera: «Chung Ling Soo, mago de la corte del Templo Celestial. ¡El prestidigitador más admirado del mundo!»

    ¡Un impostor! exclamó Ching enfurecido.

    Pocos días después empezó sus exhibiciones con una compañía de variedades en el teatro Empire, situado frente al hipódromo, donde Chung estaba trabajando.. No hay duda de que era maravilloso también. Yo presencié su acto principal y jamás podré olvidarlo. Completamente desnudo, a excepción de unos breves calzones de baño, cruzó en veloz carrera el escenario, dio una voltereta en el aire y cayó de pie sosteniendo en las manos un enorme globo de cristal lleno de agua y pececillos dorados. Algo positivamente asombroso... pero Chung siguió siendo el ídolo popular.
Will Robinson vestido y maquillado como el chino Chung Ling Soo. (Retrato autografiado).
    Por eso fue que el Weekly Despatch de Londres apareció este desafío: «Yo, Ching Ling Foo, el más grande de los prestidigitadores chinos, ofrezco mil libras para el Fondo de Leche si Chung Ling Soo puede ejecutar diez de mis veinte juegos de manos, o si yo no puedo hacer cualquiera de los que él ejecuta».

    La fecha fijada para el desafío fue el 7 de enero. A la hora precisa y después de haber atravesado a Piccadilly en triunfo, el impostor llegó a las puertas del teatro indolentemente recostado en los cojines de un enorme automóvil carmesí: estupenda novedad en 1905. El coche tenía la capota bajada, y mientras varios policías se esforzaban por apartar a la multitud ansiosa, dos acróbatas parados de cabeza detrás del maestro protegían su rostro de las intensas luces de arco voltaico con parasoles escarlata, sostenidos en los dedos de los pies. Ahí estaba, lleno de pompa y gloria, Chung Ling Soo... ¿pero dónde estaba Ching Ling Foo?

    Después de una desconcertante espera llegó jadeando un muchacho con este mensaje del retador: «Antes de que este desafío se lleve a cabo, tú, Ching Ling Soo, debes probar ante nuestra legación que eres chino».

    El astuto impostor yanqui se dio una palmada en la barriga, y prorrumpiendo en su más cadenciosa carcajada oriental, exclamó:

    ¡Ching ha salido corriendo! ¡No importa! Yo haré sus juegos, y los míos... y daré mil libras para el Fondo de Leche. ¿Aceptado?

    ¡Con qué frenético entusiasmo acogió el público aquel caballeresco rasgo de su ídolo! El chino auténtico acabó por regresar a su tierra dejando al odiado rival en el apogeo de la gloria.

    Pero entonces la serpiente de la tentación asomó su cabeza en el paraíso del impostor. Noche tras noche una hechicera mujer de cabellos negros ocupaba asiento en el mismo palco, y con ojos llenos de admiración seguía todos los movimientos de Chung. Dióse él cuenta de ese como silencioso tributo y envió un ramo de rosas a la desconocida. En respuesta recibió una perfumada esquela.

    Pocos días después fue invitado a su casa cerca de Hempstead Health donde, después de compartir una delicada cena china, los dos se hicieron muy buenos amigos. Ella se llamaba Estela y estaba destinada a ser la estrella vespertina en la vida del artista.

    Tenía la certeza de que este idilio, el gran secreto suyo, pasada inadvertido para todo el mundo; pero cierta noche encontró una nota anónima en su camerino: «¿Hasta cuándo crees que podrás seguir engañando impunemente a tu esposa? ¡No olvides que para tu acto de detener las balas, ella es quien carga los revólveres!»

    Aquello, por supuesto, era absurdo. Suee Seen le sonreía tan amorosamente como siempre. ¿O estaba él equivocado?

    Sin embargo, desde aquel día cada vez que ejecutaba el peligroso acto del  «blanco humano», Chung no podía evitar que le asaltara el recuerdo del anónimo. ¿Era verdad o mera ilusión suya que el rostro de Dot parecía más agrio y torvo a cada representación? Aquella idea empezó a ponerlo nervioso. Un día dijo que pensaba no hacer más ese acto; era muy peligroso. Suee Seen soltó a reír y le dijo que se estaba haciendo viejo. Chung juró entonces que jamás suprimiría el acto.

    Pero interiormente se formó otro plan. ¿Para qué seguir así? Pidió a Estela que se fugara con él. Y, casi sin poder creerlo, le oyó responder:

    —¿Matrimonio? ¡Oh no, Chung! Yo no me casaré sino con uno de mi propia raza... con un estadounidense.

      El mago vaciló por un instante. Luego el secreto se escapó de sus labios.
      —¡Yo soy estadounidense! ¡Lo probaré!

    Al otro día, vistiendo traje de calle occidental en vez del quimono oriental, se presentó en casa de su dama.
Aspecto verdadero de Will Robinson (Chung Ling Soo) en traje de calle y sin maquillaje.
   ¿Me creerás ahora? preguntó dramáticamente al abrir la puerta. Ella se quedó mirándole con ojos de asombro y desencanto. ¿Dónde estaba el hombre del Oriente tan lleno de exótico encanto? El que ahora tenía ante sus ojos era un sujeto insignificante, mal acomodado a un traje que le era extraño, ordinario de modales y desmañado en la forma de hablar.

    Dos días después Chung recibió una carta por el correo: Estela se iba a casar... con un antiguo novio de Toledo, Ohio.

    Por largo rato Chung Ling Soo permaneció silencioso e inmóvil en la silla donde aquel golpe lo había derribado. Luego, arrastrando los pies se encaminó hacia la oficina de su amigo Will Goldston, fabricante de aparatos mecánicos para prestidigitación. Con palabras que rezumaban hiel le confió el trance en que estaba.

    Es como tener dos hombres en un mismo cuerpo... dos hombres que se odian mutuamente. El uno quiere a una mujer que nunca podrá ser suya; el otro tiene una mujer a la cual teme. Ya no hay sosiego para mi.
     ¿Qué piensas hacer?
     No lo sé.

    Esa noche Goldston, a quien preocupaba mucho la situación del amigo, fue a su camerino durante un intermedio. Vestido ya para salir a escena, Robinson tenía en la mano uno de los revólveres que al final de la función serían usados para su famoso acto del blanco humano.

    Me gustaría que no hicieras eso de las balas esta noche le dijo con tono de súplica su amigo.
     Ésta será la última vez; te lo prometo.

    Y Chung Ling Soo miró su reloj con cierta sombra de tristeza en los ojos. Eran cerca de las ocho.
“Chung Ling Soo condenado a muerte por los boxers desafiando las balas”.
        De lo alto del escenario, profusamente iluminado, caen lujosos cortinones de terciopelo. Aquí y allá, en artístico arreglo, hay armarios de laca y biombos de seda carmesí. De pronto una llamarada azul, una plateada nube de humo... ¡y he ahí el maestro del misterio! De sus puños cerrados brota un torrente de cintas multicolores; con un sencillo movimiento las convierte en marciales banderas de las que sale volando una bandada de palomas blancas. Toma luego una chalina transparente, la agita en el aire y de sus pliegues saca una gran pecera de cristal en forma de globo cincuenta y cinco centímetros de circunferencia por veintidós de profundidadrebosante de agua y diminutos peces. Pronuncia sobre ella tres palabras misteriosas y la convierte en un brasero metálico de donde brotan llamas. Una grácil muchacha de piel dorada, la frágil Suee Seen, surge de aquel fuego, asciende poco a poco, se reclina, cierra los ojos y se queda como dormida en el aire. Varios ayudantes pasan aros por su cuerpo suspendido y luego los hacen rodar pasillo abajo para que el público pueda examinarlos. 

    De pronto todo el mundo sale del escenario, salvo un joven intérprete de quimono verde que se dirige al público para decirle:

    Ahora mostraremos a ustedes cómo, en cierta ocasión, Chung Ling Soo escapó de ser asesinado por unos bandidos. Queremos que cuatro caballeros suban aquí y disparen sobre Chung Ling Soo.

    Cuatro espectadores  que no son cómplices del engaño— suben al escenario a instancias del intérprete. Otros, en sus butacas, examinan los proyectiles con los cuales Suee Seen carga luego los revólveres que han de disparar los caballeros del comité.

    Al lento compás de una música misteriosa, cuatro culíes traen a hombros, en una silla de ébano endoselada, a su alteza Chung Ling Soo. Desciende éste con majestuosa lentitud, llevando en la mano drecha una bandeja de metal. Por más de cuatrocientas noches, después de los disparos, las balas han caído de los dientes del mago a esta bandeja.

    Chung se coloca en un extremo del escenario y da la señal. Los hombres apuntan.
    ¡Fuego!

    Retumban las cuatro detonaciones. Chung Ling Soo abre los brazos, tambalea y se desploma. Los espectadores ríen; esto, creen todos, es un nuevo toque de maestría: ¿ha podido nunca actor alguno imitar la muerte con tanta perfección? Vítores y aplausos llenan los ámbitos del teatro mientras el telón cae precipitadamente.

    Detrás, en brazos de la inocente Suee Seen, yace muerto el mago con una roja herida abierta sobre el corazón.

    Houdini explicó una vez en público el truco del blanco humano: las balas no salen del arma debido a un ingenioso mecanismo de engaño; el prestidigitador lleva otras iguales ocultas en la boca y las escupe después de los disparos. En esta ocasión el mecanismo de los revólveres debió de fallar.

    Goldston, que vio esa noche una de las armas en el camerino, sospechó que Chung había estado cambiando el mecanismo secreto. Lo que horas más tarde pudo ver en el escenario confirmó sus temores. Como una precaución adicional, Chung acostumbraba ponerse la bandeja de metal sobre el corazón; pero esa noche, cuando dio la voz de fuego, Chung Ling Soo dejó caer los brazos. De otro modo la bandeja le habría salvado la vida... Pero él no quiso salvarla.

    Chung Ling Soo fue asesinado en el escenario por su «otro hombre», artero e implacable... Víctima y victimario perecieron juntos en el mismo cuerpo donde habían habitado.
«Selecciones» del Reader's Digest, tomo XIII, núm. 79. Condensado por el R. D. de "Conjuror's Magazine". Imágenes añadidas.

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