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sábado, 18 de noviembre de 2017

Lo que atesora la memoria


Lo que atesora la memoria

Parte de la sabiduría consiste en conocer el valor del presente antes de que haya pasado para siempre.

Por Corey Ford

      Siempre ha sido mi lema preferido y quise mandarlo inscribir en la repisa de la chimenea de mi casa campestre. Me comuniqué con mi grabador, y por teléfono le di las medidas del manto de la chimenea y le deletreé la leyenda: Forsan et haec olim meminisse juvabit.

     Dos días después el grabador apareció en mi casa. Era un hombre delgado, de unos cuarenta y tantos años, según calculé, parco en palabras. Sin decir nada, desenrolló una tira de papel de calcar y transcribió la leyenda en la madera.

      ¿Es latín, no? preguntó mientras buscaba en su saco de trabajo un cuchillo especial de mango largo. 
        Sí; es de la Eneida de Virgilio respondí distraídamente, pues acababa de advertir que el hombre tenía la mano izquierda amputada en la muñeca, lo que me dejó muy impresionado. 
  
      Usando el muñón como una escuadra de pintor y apoyando el brazo derecho en aquél, se puso a grabar a cuchillo con hábiles y seguros movimientos.

       ¿Qué quiere decir? me preguntó.  

      Se lo traduje: «Tal vez algún día será un placer recordar todo esto».

      A menudo vivimos algo que, si entonces nos parece un suceso penoso, luego se convierte en placentero recuerdo. Alguna tarea que en la niñez detestábamos, puede llegar a ser, retrospectivamente, una de nuestras impresiones más preciadas. Un viaje aburrido, el vuelo en avión que perdimos, la noche que pasamos a solas en un pueblo desconocido: todo se puede transformar al contemplarlo pasados los años. Descubrimos entonces que los aspectos desagradables se han desvanecido como por milagro, y recordamos lo ocurrido con mucho placer.

      Un verano fui en avión a un lejano lago del norte de Ontario, frente a la bahía de Hudson, lago famoso por sus truchas. Mientras estábamos pescando aguas abajo, un rayo provocó un incendio en el bosque, en que resultaron destruidos nuestro campamento y el avión. Nadie sabía dónde buscarnos y no teníamos manera de avisar a nadie. Durante diez espantosos días nos alimentamos de pescado. Por la noche tiritábamos bajo una manta de piel de conejo. Fumábamos cigarrillos de hojas de té envueltas en papel de tocador, a fin de mantener alejados los enjambres de moscas negras. Por fin una partida de socorro aéreo divisó los restos de nuestro avión y nos recogió. Hoy he olvidado casi completamente los insectos, el hambre y el frío, y aquél duro trance subsiste en mi memoria como una aventura a la que no habría renunciado por nada en el mundo.

      ¡Ah! Si por lo menos supiéramos saborear cada día al momento mismo de vivirlo, en vez de descubrir el placer que nos trajo, a la melancólica luz de la memoria . . . ¡Si aprendiésemos a no prestar atención a las pequeñas molestias, a las preocupaciones gratuitas, a los temores que se oponen al goce de la hora fugaz, reconoceríamos el verdadero valor del presente antes de que haya pasado para siempre! Pienso ahora en un amigo que se casó con una chica encantadora; yo fui el padrino. Pocos años más tarde algunas leves divergencias les parecieron tan inmensas que mis amigos se divorciaron. El otro día ese amigo me decía:
         ¡Ojalá hubiera sabido entonces lo felices que éramos!     

      El cuchillo del grabador cortaba en el manto de pino de la chimenea, guiado con pericia por los dedos de su mano derecha. Incapaz de contener mi curiosidad, le pregunté:
        ¿Qué le pasó? Digo, en la otra mano.  
     
      No pareció haberle ofendido mi pregunta.
      
       Fue cuando estaba yo en el ejército, en un lugar llamado Attu. Me alcanzó una granada japonesa. Pasé toda la noche entre la nieve y se me congeló la mano.

      Yo miraba cómo el cuchillo trazaba las últimas letras: meminisse juvabit . . . Será un placer recordar.     

     Hice muchos amigos en mi compañía  agregó mi interlocutor—.Todavía nos mantenemos en contacto. Cada año, hacia Navidad, nos reunimos para hablar de aquellos tiempos lanzó una risita contenida. Cosa curiosa. Si alguien me hubiese dicho entonces que algún día nos encantaría hablar de la guerra, le habría tenido por loco. Mientras la sufrimos fue un verdadero infierno, y sin embargo ahora . . .

      Con unos soplidos sacudió las virutas y luego dio unos pasos atrás, para contemplar su trabajo.

        Destaca demasiado la leyenda blanca sobre la madera vieja dijo, pero se verá mejor cuando se obscurezca un poco.

      Volvió el cuchillo a su saco, y añadió: 
       Tardará algún tiempo.   
Selecciones del Reader's Digest, tomo LV, núm. 328.

jueves, 4 de mayo de 2017

Argentina cómo son sus habitantes


Argentina

CÓMO SON SUS HABITANTES

Por Pierre Gosset

    No; la Argentina no es un país tropical. Ésta es una de las nociones que debemos examinar. Llega un momento en que continuando hacia el sur se cesa de ir hacia el Ecuador para dirigirse hacia el Antártico. Allí está la Argentina, pero su verdadero exotismo no son las palmeras, ya que tiene siete mil metros de altura en la mejor parte de su territorio, y algunas de sus provincias están cubiertas de nieve durante seis meses al año.

    No; los argentinos no son como los parientes ricos que llegan de la provincia. El argentino posee un sentido del refinamiento que desgraciadamente se va perdiendo en Europa. No se contentará con recitar una estrofa de la última pieza de Anouilh (que ustedes ya conocen), sino que está al corriente de todas las producciones literarias más modernas, que no enumero porque sería algo interminable.

        No; la Argentina no desciende de los incas, ni de los aztecas, ni de los mayas. Quisiera hacer creer que no desciende de ninguno, pero esto ya es más difícil.

    Además, en la Argentina un ganadero no es un hombre grosero, inculto y con mucho dinero. El ganadero argentino es un aristócrata  con dinero que en invierno frecuenta los salones y los grandes teatros.

    El dinero.Al desembarcar no se encontrará usted en otro continente, sino en otra Europa, que probablemente sería la de nuestros abuelos. Hay algunos lugares en Buenos Aires que recuerdan al parque Monceau y que habrían encantado al Barón Haussmann, si nuestros abuelos hubieran tenido ideas más gigantescas y un concepto menos convencional del dinero.

    Es el dinero que corre, y, sobre todo, su modo de correr, lo que nos lleva a las tierras americanas. Es la manera de ganarlo y de gastarlo. Y más aun, la ligereza con la cual se le trata. Cada cual se enriquece o se arruina, pero gasta sin temor hasta el último céntimo de las ganancias. Existe un ciclo cerrado de créditos no pagados, en el cual en un momento dado todo el mundo resulta ser acreedor y deudor de alguien. El sistema es correcto. Hipotecar una propiedad significa por lo menos que se tiene una, y probablemente que se va a adquirir otra más. Obtener un crédito es la prueba de que se tiene crédito. No obstante, pague usted al minuto su cuenta en el hotel.

    La sociedad a caballo.No habrá usted terminado de deshacer su equipaje, a su llegada a la Argentina, cuando ya las llamadas telefónicas se sucederán unas a otras invitándole a comer, al teatro, a cenar, a un té, a un aperitivo, etc... La lista de pasajeros de Europa habrá dado su nombre, y por poco que usted figure en el campo de la literatura, de las artes, del teatro o del periodismo, del deporte o de los negocios, todo el mundo querrá agasajarle. Pero tranquilícese: esto durará ocho días, o a lo más quince. Después habrá usted pasado de moda, ya que se espera otro transatlántico u otro avión, y entonces su tranquilidad será completa.

    Y ahora una ligera información sobre la sociedad que va a conocer.

    La «sociedad», en la Argentina, es tanto más importante cuanto que no existe aristocracia. Podrá usted encontrar marqueses de Salamanca o duques de Luynes perfectamente auténticos, pero estos han venido en busca de tejas para sus castillos de España o de Francia. Tampoco hay clase media (1).
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(1) Dato erróneo. La clase media es la predominante en ese país, la cual constituye la gran mayoría de sus habitantes.
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    Se es de la sociedad o no se es nada. Y se pertenece tanto más a la sociedad cuando más emparentado se está con los Unzúa, Alvear, Cobo, Tornquist, Alcorta, Anchorena y Dugan, que forman su trama.

    La sociedad argentina tiene los defectos inherentes a toda sociedad, dondequiera que es encuentre. Es algo esnob con cierto complejo de superioridad. Además es rica y hace ostentación de ello. Pero al estar en contacto con la tierra ha conservado las virtudes tradicionales. Puede decirse que es de origen rural: vive de la tierra y tiene el instinto de su explotación y la pasión por la ganadería. La Sociedad Rural es un verdadero club, y la Exposición Rural el acontecimiento mundano más importante de toda la temporada. Entonces se divide la curiosidad entre los toros premiados y las colecciones de los modistas. No hay un argentino de categoría que deje de ir a pasar unas semanas una vez al año a su estancia (hacienda) y la recorra a caballo en compañía de sus peones (2).
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(2) Esto es cierto solo cuando se trata de ricos terratenientes, o en casos de gente de clase media que tiene una pequeña finca en el campo. Pero fuera de estos casos, los habitantes de las ciudades que no poseen tierras en el campo no tienen vínculos con aquellos terratenientes, ni siguen costumbres campesinas.
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    Si usted no posee el talento de la equitación o de la ganadería, cuando le inviten a conocer una estancia no deje de admirar a aquellos enormes monstruos rojizos de cortas patas y cortos cuernos, relucientes de grasa y que apestan a rancio a diez metros. Van tapados con mantas que llevan la iniciales del propietario, y los criados los hacen desfilar ante usted agarrados por la correa, hasta conducirlos adonde está la vaca, que espera acostada en una galería. Y este desfile representa millones...
Toro Braford, premiado en la Exposición Rural (Buenos Aires).
    Extasíese usted, sobre todo, ante los árboles del campo argentino. Hay muchas probabilidades de que hayan sido plantados por el abuelo del dueño cuando hace treinta o cuarenta años trajo de Europa las plantas. 

    La mesa.—No abuse usted de la hospitalidad argentina. He conocido a unos franceses que un año fueron invitados por unos amigos a pasar el fin de semana en su hacienda, y todavía estaban cuatro años después. El fin de semana debe durar solamente, y como máximo, hasta el martes siguiente. Además le habrán hecho comer tanto que a su estómago le convendrá descansar. En todo el país se come demasiado. Si le sirven alguna vez setas u hongos, dé a entender que sabe apreciarlos, porque es un plato raro en la Argentina. La ternera sólo se encuentra clandestinamente; la ley prohíbe matar a ningún animal antes de su completo desarrollo. Sin embargo, si va usted a la Patagonia, podrá observar que matan corderos todos los días.

    Si es usted francés y está usted invitado, procure ser locuaz. Es de rigor. Además, esperan que sea usted el comensal de Sartre, el confidente de Gide y el amigo de la infancia de Audiberti. La mayor parte de sus huéspedes conocieron a Sartre en su último viaje a París, enviaron regalos a Gide y tuteaban a Audiberti...

    Y puesto que se trata de literatura, sepa quién era Jorge Luis Borges o Victoria Ocampo (Junon o Ana de Noailles, como usted quiera) y que Jules Supervielle era un pariente uruguayo y que la Argentina ha recogido a Roger Caillois durante la guerra (así como a Ray Ventura, Jean Sablon y Henri Salvador, aunque esto no viene a cuento).

    Al terminar la comida se colocan como en Inglaterra los hombres a un lado y las mujeres al otro—. No intente usted ir contra la corriente...

    Los clubes.—Los clubes bonaerenses son los más suntuosos del mundo, y al mismo tiempo los más cerrados, aunque estando de paso y siendo extranjero seguramente le invitarán. En primer lugar está el Jockey, con sus grandes salones decorados por renombrados artistas, su biblioteca, en la cual se toman los venerables vinos de Oporto que no han sido sacudidos por las bombas, como los de los clubes Pall Mall de Londres; las salas de duchas, de masaje, de esgrima, de gimnasia, las salas de juego, el restaurante, el hipódromo, etc. Tan difícil es pertenecer a él que hay quien, a pesar de tener un gran capital y caballos de carrera, no se atreve a pedir su admisión, temiendo alguna bola negra, porque su origen europeo quizá no sea étnicamente todo lo que debiera ser.

    Al Círculo de las Armas pertenecen las personas más ricas de la capital. También es extremadamente difícil hacerse socio. El Círculo del Progreso es un círculo donde se juega. No juegue usted. Siga este consejo. 

     Distancias y teléfonos.En realidad todo lo anterior cabe en un pañuelo, pues en esta enorme ciudad que cuenta más de trece millones de habitantes y que está atravesada por una calle de 21 kilómetros en línea recta, el centro donde se encuentran todas las tiendas elegantes y los grandes almacenes Harrod's, puede decirse que es minúsculo.


Avenida 9 de Julio, ciudad de Buenos Aires.
















     El punto de reunión de todos los elegantes es el Plaza. Y el Plaza es uno de los hoteles más agradables del mundo. A la hora del aperitivo uno cree encontrarse en Deauville, en el pesaje, un día del Gran Premio, o en un desfile de modelos de la casa Fath. Si tiene usted que invitar a personas de categoría, los sitios más indicados son el hotel Alvear, o uno de los bares del Plaza. (A uno de ellos puede ir una señora sola; al otro, no). Usted podrá aquí pedir una bebida o cóctel llamado «San Martín» (un martini) y con él le servirán tan excelentes comidas que impedirían a cualquier estómago europeo hacer la próxima comida.

     El instrumento del clásico cotilleo es el teléfono, que constituye el tormento mayor de la vida bonaerense. Es gratuito (3). Cualquiera
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(3). Ya no es así. El dato está desactualizado.
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 entra en un café, en una tienda cualquiera o en un gran almacén, y sin pedir permiso a nadie, descuelga el aparato, habla cuanto le place, y luego se marcha sin haber consumido ni comprado nada. Se hace todo por teléfono: las visitas, los encargos, las disputas, la crítica de los espectáculos, los negocios, la corte, las reconciliaciones, las excusas y las compras.

     Vacaciones.Tres meses cada verano desde diciembre a febreroBuenos Aires se queda vacío. Todos emigran hacia los eucaliptos de las estancias, junto a los sauces del delta del Tigre, o a Mar del Plata, feria de las vanidades de la Argentina, paraíso de los bañistas que tiene sucursales de las grandes casas de París y un Casino de tres pisos o plantas y fachada tan severa como el Banco Morgan, con cuarenta y cinco mesas de ruleta que funcionan simultáneamente.

Ciudad de Mar del Plata: casino y gran hotel Provincial.






       Los argentinos que desean divertirse todo lo posible durante sus vacaciones, toman un barco, atravesando el río durante la noche y se van al Uruguay, a Punta del Este, que les ofrece unas playas magníficas y unos pretenciosos bares de palma.

     Terminadas las vacaciones, todos los argentinos se reintegran a su gran ciudad, a su respetabilidad y a sus almidonados cuellos blancos. Excepto en las vacaciones el verdadero argentino no vuelve a poner los pies en el Uruguay, como no sea para divorciarse, lo cual es otra de las comodidades que la pequeña república democrática ofrece a su gran vecina (4).
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(4). Dato desactualizado, ya que el divorcio también existe hoy en la Argentina.
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      Al regresar a la capital, todo argentino, rico o pobre, estanciero o funcionario, vuelve a ser el hombre mejor vestido de la Tierra, pero con una sobriedad exagerada; con la línea del pantalón siempre tan recta como el filo de una navaja; y la chaqueta, de corte inglés, sin faltarle ninguno de los detalles confortables que un Lord Brummel le exigiría; cuello apenas almidonado, siempre con corbata, hasta cuando el asfalto de la calle Florida se derrite debajo del calzado o cuando va a pasear en bote por el Tigre.

     Las mujeres visten mucho de negro y les va muy bien. Permanecen siempre fieles a los modistas de París, a pesar de una ofensiva estadounidense, que finalmente no arraigó. Lo que más las desespera es tener que llevar, por la diferencia de estaciones, la moda de invierno o la de verano seis meses después que en París... En compensación usan muchas alhajas, tal vez demasiadas y enormemente caras.
Teatro Colón, Buenos Aires. Uno de los más importantes teatros operísticos del mundo.













     Viva la Patria.El complejo de superioridad que sienten desde la cuna, es el único punto sensible de la epidermis argentina. Procure no tocarlo. Y si en su presencia alguien se permite ponderar alguna otra república iberoamericana más joven sobre todo el Brasil por su belleza, su alegría, su dinamismo, apresúrese a salvar la situación dejando caer al descuido en la conversación estas palabras:
        ¡Sí... pero son tan pobres!...     
      Las miradas se aclararán en seguida. Esto no es más que un aspecto del hipernacionalismo que transfigura la cara de los argentinos al oír los primeros acordes del himno nacional o cuando ven ondear su bonita bandera azul y blanca. En los colegios hay la hermosa tradición de izar y arriar bandera y emplear un catecismo patriótico que recomienda a los colegiales al oír pronunciar en nombre del general San Martín (
el héroe nacional) decir con naturalidad: ¡Viva la Patria!

     Si usted pone en su balcón el 14 de julio la bandera tricolor, o enarbola el pendón estrellado el día de la independencia estadounidense, no deje de colocar, por lo menos, una argentina al lado derecho de la otra, sin lo cual vería usted presentarse en su casa a dos vigilantes antes de diez minutos. La causa fundamental es bien sencilla: el argentino está orgulloso de su origen, de que pertenece a una nación tan privilegiada que parece haber sido sabiamente elegida. No obstante, no manifiesta desagrado a los extranjeros, y esto por varias razones. Una de ellas es que el comercio con el extranjero es siempre provechoso. Un ejemplo: a pesar de haber cambiado por motivos patrióticos el nombre de martini dry por el de San Martín, ningún argentino se llevaría la bebida a los labios si no estuviera hecha con ginebra británica y vermut francés.

Ciudad de San Carlos de Bariloche, prov. de Río Negro.

     Imperativos categóricos.
Decimos todo esto porque nos lo han pedido. Usted no lo diga aunque se lo pidan. Procure no criticar, aunque sea con buena intención; les heriría. El sentido del humor se detiene en las fronteras. Hay que saber y hay que ignorar. 

     Debe saber por ejemplo que Buenos Aires es la sexta ciudad del mundo (después de Londres la más extensa), la segunda del mundo latino y la que tiene el mejor periódico, la calle más larga y la avenida más ancha... aunque debe ignorar también que es la más corta, según dicen las malas lenguas.

     No olvide que su metro es el más limpio y el más confortable del mundo y que los mosaicos que adornan sus estaciones son obras de arte, pero ignore que ninguna de sus siete líneas corresponde con otra. Por lo demás puede usted tomar un taxi como hacen todos, en una ciudad que abundan más que en ninguna parte, y donde menos cuestan... Ha de saber además que Buenos Aires posee un obelisco, pero no averigüe que está hecho con bloques de cemento.

     Francés hasta el fin.—Si es usted francés le será fácil acostumbrarse a esta vida. Déjese llevar por las afinidades que le unen a este pueblo esencialmente latino. Si es usted yanqui también se aclimatará. Déjese arrastrar por las afinidades que le impulsarán hacia este pueblo auténticamente americano. Si es usted británico, no le será difícil tampoco. No se deje llevar por nada. Diga sólo que es conservador.

     El desacuerdo anglo-argentino es muy complejo: la Argentina reprocha a la Gran Bretaña el sortilegio que parece echó a sus ferrocarriles el día que los nacionalizaron: cuando los accionistas y los maquinistas argentinos sucedieron a los accionistas y maquinistas británicos, cesaron, misteriosamente, de llegar a la hora en punto. El cambio de nacionalidad de los accionistas no debería ser el motivo de que los trenes no lleguen con puntualidad.

     Existe otra querella por culpa del nombre de ciertas islas que hay a lo largo de la costa argentina. Los argentinos las llaman Malvinas, con lo que señalan sus títulos de propiedad. Los británicos las llaman solamente Falkland, pero están instalados en ellas.  

     Si le llegan cartas de la Gran Bretaña con el sello conmemorativo de las islas Falkland, no reconocido por el correo argentino, tendrá que pagar una enorme sobretasa. Y si es usted británico, esta será la gota de agua que colmará el vaso, sobre todo si recuerda el precio que el gobierno hace pagar por la carne de Sir Stafford, a pesar de que es vegetariano... Pero todo esto a usted no le interesa y me pregunto por qué se lo estoy contando. Además, usted es conservador...

     Si es francés no conocerá estos problemas. Estamos muy lejos del tiempo en que el terrible presidente Rosas empezaba los actos oficiales con esta fórmula: «Muerte a los repugnantes franceses; muerte al inmundo Luis Felipe». Desapareció la época en que se prohibía La Marsellesa, por considerarla un canto sedicioso.  

     Aquí, en la Argentina, se sentirá usted personalmente querido y respetado. Podrá comprar en las librerías todas las revistas francesas que quiera (aunque con tres meses de retraso), y encontrará en numerosas familias a un señor de más de cincuenta años que habla el francés como usted y yo. Si además tiene la suerte de hablar el Slang estadounidense con los jóvenes que llegan de Harvard y de Yale, se sentirá como en su propio país...

     Como antes he dicho, esperan encontrar en un francés el encanto y la gracia de un espíritu exquisito, a imagen y semejanza de los venerados conferenciantes que la propaganda francesa delega en estos admirables países.

     Beberán sus palabras materialmente, aunque las pasarán por un exigente tamiz. Será usted una especie de embajador... pero no haga como aquella embajadora de Francia quien, la primera vez que fue invitada a la Casa Rosada, creyendo sin duda, que estaba en Bogotá o en Caracas, dijo a la señora doña Eva Perón:
           ¡Qué maravillosas alhajas lleva, señora! ¡Son tan magníficas que se tomarían por falsas!      

     Le juzgarán a usted como a ella...
Saber vivir internacional. (Varios autores). Traducción del francés por Celia de Aimerich.
     Pierre-Gosset (1918 - 1998) fue una periodista y escritora viajera francesa.

lunes, 1 de mayo de 2017

Incayuyo o té del inca y sus virtudes curativas


Incayuyo

Por Domingo Saggese

 Nombre científico: Virginæ exelcis L.

Labiadas

 Otros nombres: Té del inca; yerba o hierba del inca; incaté.

     Crece en las altas cimas de las provincias argentinas de San Juan, La Rioja y Catamarca.

     Es una bendición en las provincias andinas, donde su uso está muy difundido. Favorece la digestión después de una comida pesada; sana los empachos de agua, tan graves y difíciles de curar, los cuales en dos días desaparecen, y en cualquier caso de malestar de estómago, del género que sea, una taza de infusión (20 gramos en 1.000) es de una eficacia tal, que quien lo emplea una vez, no lo abandona más.

     En las provincias andinas lo toman a la mañana en ayunas, mezclado con yerba mate, con bombilla para entonar el estómago debilitado y como tónico del mismo.

     Es conveniente prepararlo en el momento de usarlo, y beberlo bien caliente, y se endulza con azúcar, si se desea.

     Como su nombre lo dice (incayuyo), esta hierba era considerada sagrada y sólo podían usarla los incas del Perú, siendo condenado a muerte si se comprobaba que algún indígena la empleaba; pues era parte del tributo que anualmente los antiguos indios calchaquíes, quechuas y diaguitas enviaban a sus soberanos los incas que residían en Cuzco (Perú). Hoy mismo es tradicional en ciertas regiones recogerla con los ritos, usanza y palabras cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.

     Parte empleada: las hojas.
Yerbas medicinales argentinas.

Incayuyo

     Por el Dr. Leo Manfred

     Ésta planta aromática es conocida en las provincias argentinas de Mendoza, Catamarca, San Juan, La Rioja y Córdoba. Su uso entre la gente de campo es muy común y muy estimado, pues la usan para varias enfermedades con muy buenos resultados.

     Su uso más importante y con resultados espléndidos es en las enfermedades nerviosas, en la tristeza, melancolía, debilidad nerviosa, neurastenia y dolores neurálgicos en personas débiles.

     También tiene fama de curar las toses crónicas y el asma nerviosa.

     Se hace un té al 2 % y se toma por tazas después de las comidas. Este mismo té ayuda en las digestiones y cura la dispepsia nerviosa. Es muy indicado tomar en ayunas un poco de incayuyo en la yerba mate con bombilla, pues fortifica y tonifica el estómago. Después de una comida pesada y abundante, una taza de té de incayuyo ayuda la digestión.
Mil trescientas plantas medicinales americanas.

miércoles, 10 de agosto de 2016

La mirada hipnótica de las serpientes

Palabras clave: serpiente mirada hipnosis hipnotismo hypnotic gaze of snakes

La mirada hipnótica 
de las serpientes

Por Noel Clarasó

    Se suele admitir que las serpientes (algunas razas de serpientes) ejercen un poder hipnótico sobre otros animales, les inmovilizan con este hipnotismo y así les devoran fácilmente; pero ¿es verdad la existencia de este poder? Si nos hemos de fiar de los datos que nos dan los libros hemos de creer a la vez que sí y que no.

    Los que sostienen que no, añaden que las serpientes (las grandes serpientes) se limitan a inmovilizarse al acecho de la presa, sobre la cual se lanzan con la rapidez de una flecha en el momento oportuno; pero que en ningún momento la hipnotizan.

    Los que sostienen que este poder existe, le atribuyen una fuerza capaz de hipnotizar también a los hombres, o al menos a los niños.

    Lo que sí parece cierto es que algunas serpientes venenosas, la serpiente cascabel, por ejemplo, exhalan, sobre todo en ciertas épocas de su vida, un aliento venenoso que puede intoxicar a distancia, e incluso causar la muerte de una persona que lo respire durante mucho tiempo.

    Citan los libros casos de niños negros, en el Congo, que han quedado como hipnotizados por serpientes venenosas, y aunque se ha conseguido evitar que las serpientes los devoraran, los niños han muerto después víctimas de una intoxicación.

    Parece que este aliento venenoso de las serpientes se produce después de la muda.

    También se dice que la inmovilización de algunas aves ante la serpiente, cosa que ciertamente se ha observado, no significa que el ave esté hipnotizada, sino que es un truco de la misma ave para detener en ella la atención de la serpiente y evitar que le devore la cría que está en el nido inmediato. Mantiene la inmovilidad con las alas abiertas, a veces tarda demasiado en huir y la serpiente la devora.

lunes, 1 de agosto de 2016

El elogio o alabanza

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Cuando de elogios
se trata...

¿Por qué una palabra amable nos hace sentir incómodos, torpes y aun desconfiados? Podemos aprender a recibir los elogios con más gracia y a decirlos con sensatez.

Por Sally Wendkos Olds

    Decimos que la adulación insincera nos repugna, pero la alabanza auténtica nos agrada. En realidad, el elogio, «el más dulce de los sonidos», según Cicerón, incomoda a la mayoría de las personas. Aunque deseamos, necesitamos y generalmente buscamos en forma indirecta las alabanzas, casi nunca sabemos qué hacer  al oír que nos las dicen.

    Cuando Charles Edgley y Ronny Turner cursaban el doctorado en sociología,(*) un condiscípulo suyo exteriorizó gran incomodidad al felicitarle el maestro por haberse desempeñado bien en el examen final. Tal actitud tocó una cuerda sensible en Turner y en Edgley, quienes de común acuerdo resolvieron estudiar a fondo el fenómeno del elogio.
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 (*) Ambos fueron profesores adjuntos de sociología; Turner, en la universidad Estatal de Colorado; Edgley, en la universidad Bautista y en la universidad del Estado de Oklahoma.
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    Organizaron un equipo de investigación integrado por diez estudiantes, los cuales se dedicaron a escuchar las conversaciones de los jóvenes universitarios y, siempre que sorprendían un elogio, interrogaban al elogiado. Las conclusiones de ese estudio, ya publicadas, demuestran que el 65 por ciento de las personas alabadas reconoció haber sentido cierta incomodidad, incluso cuando los cumplidos se consideraron sinceros.

    ¿Por qué tantas personas aceptamos el halago de una palabra elogiosa  con el recelo con el recelo con que recibiríamos una bomba de tiempo envuelta como regalo? De ese estudio se desprenden las siguientes seis razones principales:

    1ª La mayoría de las personas se sienten obligadas a devolver el elogio, así como sentimos el deber de corresponder a una invitación a cenar o a una tarjeta de Navidad. Algunas se preocupaban hasta el grado de creer que todas sus relaciones con el elogiante dependen de esa correspondencia; pero a casi todas les desagrada quedar en deuda con quienes les alaban y tratan de estar a la par con ellos en cuanto pueden.

    Refiriéndose a tal apremio para devolver los cumplidos, Sidney Simon, profesor de pedagogía en la universidad de Massachusetts, lo ha llamado síndrome del contraelogio. «Muchas personas no pueden sufrir que las alaben, y por tanto se sacuden el elogio que les dirigen apresurándose a corresponderlo», comenta.

    2ª Educadas desde la niñez para no alabarse a sí mismas, muchas personas tampoco soportan el oírse encomiar, pues esto podría tomarse como vanidad. La cantante folclórica Jean Ritchie, recordando su niñez, relata: «Mi madre solía poner una mesa espléndidamente servida cuando tenía invitados, ante los que luego se excusaba diciendo: Perdonadme, pero esto es todo lo que tenemos. Así nos enseñó a conducirnos. Por tanto, cuando comencé a cantar y la gente venía a decirme que les había gustado mucho, yo me resistía a aceptar sus elogios: temía parecer demasiado engreída».

    3ª El hecho mismo de proferir una alabanza implica que quien la expresa asume, al menos por el momento, la actitud de juez para con su interlocutor. Cierto director de una escuela de segunda enseñanza se siente receloso cuando recibe un informe favorable de un representante de los maestros de su institución, «pues que él me elogie hoy implica que tiene también el derecho de criticarme mañana».

    4ª Algunos sospechan que quienes los ensalzan ocultan un designio ulterior.  Turner y Edgley descubrieron que las palabras elogiosas entre hombres y mujeres se juzgan generalmente insinuaciones amorosas. En el ámbito de los negocios, los elogios suelen tomarse como un medio de cerrar una venta o para asegurarse  en lo sucesivo el favor de aquel a quien los dirigen.

    5ª Los cumplidos también son causa de que nos preocupe no poder repetir aquello que nos han alabado en determinado momento. Acaso ocurra que el agente de publicidad cuyo cliente comenta: Esa campaña que hizo usted dio excelentes resultados, se alarme con la idea de que su próxima campaña quizá no los logre en el mismo nivel. Por ello, aun las personas de mucho éxito temen las alabanzas directas.

    6ª Cuando recibimos el elogio de algunas personas, nos quedamos pendientes de sus labios, por temer que sus encomios no sean sino un preludio a sus críticas. Tal vez digan: Si eres tan inteligente, ¿cómo fracasaste en álgebra? O bien: Tienes muy buen gusto para vestir, pero ese traje...  Haim Ginott, especialista en psicología infantil, sentenció: Es más fácil y menos desconcertante ser objeto de elogios sinceros o de una crítica franca, que vérselas como una dolosa mezcla de ambas cosas.   

    Como las alabanzas pueden provocar  tal desasosiego, a todos nos aprovecha aprender tanto a darlas como a recibirlas. Un profesor de psicología educativa aconseja: Al alabar a alguien, no conviene exceder los límites de su tolerancia. Si lo hacemos exageradamente, la persona elogiada nos dirá: Ese no soy yo realmente. No quiero que diga usted que valgo tanto, pues sus palabras me hacen pensar que soy falsa apariencia.  

    Ginott afirmó un segundo principio: El elogio directo de la personalidad resulta, como el resplandor directo del sol, molesto y deslumbrante. En sus clases y en sus libros recomendaba el empleo de la descripción más que el de los adjetivos, insistiendo en que es preferible describir lo hecho por una persona a calificarla. Por ejemplo, en vez de decir a su hijo: ¡Qué fuerzas tienes!, un padre expresaría lo mismo al comentar: Hace falta mucha fuerza para mover ese banco de trabajo, pues pesa mucho. El mismo principio se puede aplicar también a los adultos. 

    Por supuesto, no faltan personas que se acostumbran de tal modo a las alabanzas, que viven, virtualmente, pendientes de los elogios. Elisa, joven muy inteligente y atractiva, se había visto colmada de loas toda su vida: la ponían por las nubes sus padres, sus maestros, los amigos con quienes salía de paseo. Hoy, tras cinco años de casada, su marido le prodiga cada vez menos halagos. Dirigente de negocios, esta señora siente que sus colegas y rivales del sexo masculino son muy parcos en sus elogios. Privada del constante incienso a que estaba acostumbrada, empezó a sentir las angustias de una crisis de identidad.

    Sometida a tratamiento, Elisa aprende ya a advertir por qué llegó a depender a tal punto de la aprobación de los demás, con lo cual se ha aplacado su anhelo de halagos. La gente no debería depender de esta constante reafirmación exterior para confiar en sí misma, comenta su psicoanalista. Necesitamos tomar conciencia de nuestras propias cualidades y limitaciones para poder valorarnos en la justa medida. 

    No obstante, a todos nos hace falta una buena dosis de aprobación. No conozco a nadie que sufra por el constante reconocimiento de su valor, asegura el profesor Simon. A la mayoría se nos ha corregido y criticado tanto que, cuando alguien nos alaba, nos resistimos a creerlo. Entonces nos decimos que, si la gente nos conociera de veras, nos se expresaría en términos tan halagüeños. Simon enseña a sus alumnos a vencer esta inclinación a la autocrítica y a aceptar de cuando en cuando que se les refuerce un poco en lo positivo.

    Tal vez el modo más importante de saborear un cumplido estribe en saber cómo reaccionar ante él. En general, la mejor respuesta consiste en decir sencillamente ¡Gracias! ... aunque tengamos que reprimir el impulso de contestar: ¡Ah! ¿Este vestido? Lo compré en un baratillo. Cierto pintor confiesa: Antes no sabía qué decir cuando la gente expresaba su admiración por mis obras. Ahora me limito a responder: ¡Gracias! ... También yo estoy muy contento de lo que logré en este cuadro. Si no me siento especialmente satisfecho de él, me basta con decir: ¡Gracias! ... mientras en mi fuero interno reconozco que mis exigencias  artísticas son mayores que las de otros.
«Selecciones» del Reader's Digest, tomo XI, núm. 60. [Condensado por el R. D. de Today's Health].

sábado, 16 de julio de 2016

Tabla de equivalencias tazas a gramos


Tabla de equivalencias 
tazas a gramos

     Cuando queremos preparar un pastel, una comida, o cualquiera otra cosa de pastelería o cocina, vemos en muchas recetas, tanto de libros como de páginas de internet, que la cantidad de algunos ingredientes está expresada en tazas. ¿Cuántos gramos son media taza de mantequilla? ¿A cuántos gramos equivale una taza de azúcar?...

   Especialmente las recetas modernas de países de habla inglesa (estadounidenses, australianos, británicos, etc.), están formuladas así. Asimismo, los libros antiguos en español decían con frecuencia algunos ingredientes por tazas. Es un problema, si  no conocemos las equivalencias, saber a cuántos gramos equivale media taza de mantequilla, por ejemplo, sin tener que fundir dicha materia grasa; y en la mayoría de los libros de cocina o de repostería, no están esas equivalencias. Téngase en cuenta que la taza a que se refieren los libros de cocina es la taza de té con leche, que tiene una capacidad de 250 centímetros cúbicos. He aquí la tabla de equivalencias:


Mantequilla y margarina:

  1/8 de taza =  30 gramos.
  1/4 de taza =  55 gramos.
  1/3 de taza =  75 gramos.
  3/8 de taza =  85 gramos.
  1/2   taza   =   115 gramos.
  5/8 de taza = 140 gramos.
  2/3 de taza = 150 gramos.
  3/4 de taza = 170 gramos.
  7/8 de taza = 200 gramos.
  Una taza  =    225 gramos.


Azúcar blanco granulado:

 1/8 de taza =   30 gramos.
 1/4 de taza =   55 gramos.
 1/3 de taza =   75 gramos.
 3/8 de taza =   85 gramos.
 1/2   taza   =    115 gramos.
 5/8 de taza =  140 gramos.
 2/3 de taza =  150 gramos.
 3/4 de taza =  170 gramos.
 7/8 de taza  = 200 gramos.
 Una taza   =     225 gramos.


 Harina común y azúcar glaseado (glas):

 1/8 de taza  = 15 gramos.
1/4 de taza  =   30 gramos.
1/3 de taza  =    40 gramos.
3/8 de taza  =   45 gramos.
1/2   taza      =   60 gramos.
5/8 de taza  =   70 gramos.
2/3 de taza  =   75 gramos.
3/4 de taza  =   85 gramos.
7/8 de taza  =  100 gramos.
Una taza    =     110 gramos.


Azúcar moreno o negro:

1/8 de taza  =   25 gramos.
1/4 de taza  =   50 gramos.
1/3 de taza  =   65 gramos.
3/8 de taza  =   75 gramos.
1/2  taza     =   100 gramos.
5/8 de taza  =  125 gramos.
2/3 de taza  =  135 gramos.
3/4 de taza  =   150 gramos.
7/8 de taza  =   175 gramos.
Una taza    =     200 gramos.


Cacao:

1/8 de taza  =  15 gramos.
1/4 de taza  =  30 gramos.
1/3 de taza  =  40 gramos.
3/8  de taza  = 45 gramos.
1/2  taza    =     60 gramos.
5/8 de taza  =  70 gramos.
2/3 de taza  =  75 gramos.
3/4 de taza  =  85 gramos.
7/8 de taza  = 100 gramos.
Una taza   =    125 gramos.


Harina de repostería:

1/8 de taza  =   10 gramos.
1/4 de taza  =   20 gramos.
1/3 de taza  =   25 gramos.
3/8 de taza  =  30 gramos.
1/2  taza    =     50 gramos.
5/8 de taza  =  60 gramos.
2/3 de taza  =  65 gramos.
3/4 de taza  =  70 gramos.
7/8 de taza  =  85 gramos.
Una taza   =     95 gramos.


Coco rallado:

1/8 de taza  =  10 gramos.
1/4 de taza  =  25 gramos.
1/3 de taza  =  35 gramos.
3/8 de taza  = 40 gramos.
1/2  taza   =     50 gramos.
5/8 de taza  =  60 gramos.
2/3 de taza  =  65 gramos.
3/4 de taza  =  75 gramos.
7/8 de taza  =  85 gramos.
Una taza   =   100 gramos.


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